¿Acaso alguien puede negar el placer de las gotas de lluvia golpeando un rostro?
Conozco a cierto conocido que asegura que los sucesos importantes tienen lugar de noche. Yo agrego que la lluvia los devuelve a la consciencia. Hace caer de la noche los recuerdos de aquellos sucesos más importantes.
Las lágrimas humanas desempeñan un papel similar. Hacen caer de la mente al rostro, más allá de la barbilla, quizá buscando el corazón, los sucesos que le acontecen a uno mismo, más dentro que fuera.
Quizá de ahí la dificultad por mantener la entereza cuando la lluvia decide visitar la tierra. A mí la tristeza tranquila que la acompaña me salva de la vida. Del calor, de la actividad, de la inercia.
Pero no de mí. De mí no hay quien me salve.
Es por eso lo agradable y lo importante de las visitas a mi pozo oscuro, a mi prisión, a las galerías que conectan mi lugar inhóspito con el centro de mi tórax. Esas visitas a la luz de una farola ajena, envueltas en mantas con un olor desconocido, llenas de familiaridad. Esas visitas que sólo buscan abrazar, porque parece que ya está todo dicho. Esas visitas que necesitan decir: "Eres estar en casa".
Adentrarse en el camino inescrutable que comienza en la mirada, y se pierede en el abismo de la bóveda celeste que cada uno tenemos en el pecho. Y una vez allí, esculpir el propio sepulcro.
Para mí, es la única salvación.
domingo, 21 de septiembre de 2014
martes, 9 de septiembre de 2014
1.
El tacto de las sábanas es agradable a mis piernas desnudas. Un rayo de Sol atraviesa, tozudo, las cortinas. Un olor que no es el mío, pero que quizá conozca mejor, me rodea.
No es tiempo para estar tumbada. Esto también lo escucho a menudo de unos labios que no son míos, pero que conozco mejor. Desde la distancia el mar de arrugas blancas de la cama resulta mucho más inmenso a mis ojos de lo que podría ser a los ojos de cualquier otro, conocidos o no.
No sé por qué estoy escribiendo. Me agobia que nunca pueda explicar la magnitud de la tragedia de lo que me ocurre en el pecho. Siempre en el pecho. Mis tragedias ocurren ahí. Mi cabeza, sin embargo, está deshabitada. Pocas veces me paseo por ese lugar inhóspito. Quizá en este hecho radican justamente mis tragedias.
Creo que me estoy explicando con poca claridad y demasiados errores. Yo soy mi Tragedia. Y yo me siento y me vivo desde mi cavidad torácica. Ni siquiera sé si todas estas palabras son verdad. Sólo sé que una vez más resulta angustioso no poder discernir lo cierto de lo que no lo es. Sólo sé que no pasan por el lugar inhóspito, sólo por la capacidad torácica, y después nacen de mis dedos y del teclado de ordenador. Había escrito "de mi caligrafía apretada", pero esto, evidentemente, no es cierto. No escribo a mano, aunque resultaría mucho más placentero a posteriori hacerlo, y para precisar aún más, mi caligrafía no es apretada. Separo mucho unas palabras de otras al escribir.
¿Acaso alguien puede llegar a entender la importancia de esto que acaba de pasar?
Soy incapaz de renunciar a la mentira de forma consciente. Mi naturaleza pasa por mentir de una manera particular: por mentirme. Constantemente, inconscientemente.
Me he sentado delante del ordenador porque me he tumbado en ese océano blanco porque me he puesto a pintar porque no sabía cómo demonios satisfacer la sensación de mi pecho. Creo que por fin he acertado. Quizá cualquier otra persona con un mínimo de cosas claras en el espacio inhóspito habría sabido dilucidar a la primera qué estaba buscando desde el principio. Yo no. Yo sólo sé que busco. Y lo sé de una manera tan determinante, tan definitiva, tan atroz, que no puedo dejar de buscar.
El problema es que busco desde el tórax, no desde el espacio inhóspito. El resultado acaba de ser mostrado: encuentro con mucha más dificultad, perdiendo mucho más tiempo, siempre y cuando se dé el maravilloso caso de que encuentre.
He comenzado a escribir, y ahora todo es distinto. Mi lugar inhóspito sabe por qué estoy escribiendo. Sólo quiero encontrar el principio. Mi principio. Y todo porque he leído que esa fue la salvación de cierto escritor noruego. Yo también quiero salvarme, comprensible, ¿cierto?
Además, yo también quiero salvarme de la vida, como él. La muerte, hoy por hoy, me da igual, puede que porque no pienso demasiado en ella. Sin embargo, con la vida me encuentro todos los días.
He leído que este cierto escritor escribió para escapar del suicidio. No sé si he leído o he pensado que todo el mundo interpretaría pues que Knausgard escribe para salvarse de la muerte.
Mentira.
Knausgard escribe para salvarse de la vida.
¿Qué narices sé yo de lo que quiere salvarse Knausgard?
Sólo sé que tenemos un alma muy parecida, aún sin saber si el alma existe.
Acabo de sonreírme porque he encontrado un libro de Hannah Arendt sobre el escritorio de mi hermano. Todo se pega, pero eso es algo que escribiré y describiré otro día, cuando escriba sobre mi principio, no cuando lo encuentre.
No es tiempo para estar tumbada. Esto también lo escucho a menudo de unos labios que no son míos, pero que conozco mejor. Desde la distancia el mar de arrugas blancas de la cama resulta mucho más inmenso a mis ojos de lo que podría ser a los ojos de cualquier otro, conocidos o no.
No sé por qué estoy escribiendo. Me agobia que nunca pueda explicar la magnitud de la tragedia de lo que me ocurre en el pecho. Siempre en el pecho. Mis tragedias ocurren ahí. Mi cabeza, sin embargo, está deshabitada. Pocas veces me paseo por ese lugar inhóspito. Quizá en este hecho radican justamente mis tragedias.
Creo que me estoy explicando con poca claridad y demasiados errores. Yo soy mi Tragedia. Y yo me siento y me vivo desde mi cavidad torácica. Ni siquiera sé si todas estas palabras son verdad. Sólo sé que una vez más resulta angustioso no poder discernir lo cierto de lo que no lo es. Sólo sé que no pasan por el lugar inhóspito, sólo por la capacidad torácica, y después nacen de mis dedos y del teclado de ordenador. Había escrito "de mi caligrafía apretada", pero esto, evidentemente, no es cierto. No escribo a mano, aunque resultaría mucho más placentero a posteriori hacerlo, y para precisar aún más, mi caligrafía no es apretada. Separo mucho unas palabras de otras al escribir.
¿Acaso alguien puede llegar a entender la importancia de esto que acaba de pasar?
Soy incapaz de renunciar a la mentira de forma consciente. Mi naturaleza pasa por mentir de una manera particular: por mentirme. Constantemente, inconscientemente.
Me he sentado delante del ordenador porque me he tumbado en ese océano blanco porque me he puesto a pintar porque no sabía cómo demonios satisfacer la sensación de mi pecho. Creo que por fin he acertado. Quizá cualquier otra persona con un mínimo de cosas claras en el espacio inhóspito habría sabido dilucidar a la primera qué estaba buscando desde el principio. Yo no. Yo sólo sé que busco. Y lo sé de una manera tan determinante, tan definitiva, tan atroz, que no puedo dejar de buscar.
El problema es que busco desde el tórax, no desde el espacio inhóspito. El resultado acaba de ser mostrado: encuentro con mucha más dificultad, perdiendo mucho más tiempo, siempre y cuando se dé el maravilloso caso de que encuentre.
He comenzado a escribir, y ahora todo es distinto. Mi lugar inhóspito sabe por qué estoy escribiendo. Sólo quiero encontrar el principio. Mi principio. Y todo porque he leído que esa fue la salvación de cierto escritor noruego. Yo también quiero salvarme, comprensible, ¿cierto?
Además, yo también quiero salvarme de la vida, como él. La muerte, hoy por hoy, me da igual, puede que porque no pienso demasiado en ella. Sin embargo, con la vida me encuentro todos los días.
He leído que este cierto escritor escribió para escapar del suicidio. No sé si he leído o he pensado que todo el mundo interpretaría pues que Knausgard escribe para salvarse de la muerte.
Mentira.
Knausgard escribe para salvarse de la vida.
¿Qué narices sé yo de lo que quiere salvarse Knausgard?
Sólo sé que tenemos un alma muy parecida, aún sin saber si el alma existe.
Acabo de sonreírme porque he encontrado un libro de Hannah Arendt sobre el escritorio de mi hermano. Todo se pega, pero eso es algo que escribiré y describiré otro día, cuando escriba sobre mi principio, no cuando lo encuentre.
miércoles, 20 de agosto de 2014
Mon vide.
Hace algunos días perdí mi pajarita de papel. Era apenas del tamaño de una cereza, de un blanco algo estropeado, cercano a lo sucio. Sin embargo, esto no socavaba ninguno de sus encantos: ese color desvaído era resultado de todas las historias que había soportado sobre su lomo delgado, de celulosa tratada.
Así es, era un marcapáginas.
Los dobleces de su cuerpo fueron tallados con un amor tímido, de esos que no están seguros de sí mismos pero que son tan fuertes y violentos que necesitan dar forma a cualquier cosa, incluso a un trocito de papel.
Ese trocito de papel significaba muchas cosas. Fui perfectamente consciente de que lo estaba perdiendo, pero no pude reaccionar, mis sentidos quedaron ofuscados, anonadados ante semejante tragedia.
Había perdido mi pajarita de papel.
Sufro su pérdida mucho más que cualquiera de las pérdidas o las hipotéticas pérdidas que pueda haber sufrido o vaya a sufrir. Un inmenso agujero agujero ha tomado posesión de mi pecho. Tengo el tórax atravesado por un túnel de infinita nada porque mi pajarita ya no está conmigo.
Sin embargo, una idea divaga en el desierto de mi cabeza. Puede que la pajarita simplemente decidiese marcharse. Fui demasiado consciente del momento de su desaparición y demasiado incapaz de evitarla.
Demasiadas cosas deciden huir de mí ultimamente. Yo me rehuyo. Demasiadas cosas mal hechas en los últimos días.
Sin embargo, sé como curarme.
Todos los problemas del mundo tienen solución en el mundo.
Los míos se curan con olor a sal, con solitud, con el rumor del Mar. Con su abrazo eterno.
De pequeña hablaba con el Mar. Reencontrarme con él era como reencontrarme con un amigo de una vida pasada. Un amigo bueno, un amigo que me cuidaba. Le contaba mis secretos, le hablaba del tiempo que habíamos pasado separados. Aún hoy sigo haciéndolo.
El Mar está lleno de toda esa paz que a mí me falta. Esa quietud de un espíritu mucho más longevo, mucho más sabio, mucho más capacitado para amar. Él me cura. El murmullo de las olas parece decirme que merezco y debo ser mejor. Cuando lo escucho, sé que tiene razón. El problema es que demasiado a menudo olvido el sonido de su voz.
Por eso debo volver.
"La soledad no es estar solo, es estar vacío".
Y yo necesito llenarme.
Así es, era un marcapáginas.
Los dobleces de su cuerpo fueron tallados con un amor tímido, de esos que no están seguros de sí mismos pero que son tan fuertes y violentos que necesitan dar forma a cualquier cosa, incluso a un trocito de papel.
Ese trocito de papel significaba muchas cosas. Fui perfectamente consciente de que lo estaba perdiendo, pero no pude reaccionar, mis sentidos quedaron ofuscados, anonadados ante semejante tragedia.
Había perdido mi pajarita de papel.
Sufro su pérdida mucho más que cualquiera de las pérdidas o las hipotéticas pérdidas que pueda haber sufrido o vaya a sufrir. Un inmenso agujero agujero ha tomado posesión de mi pecho. Tengo el tórax atravesado por un túnel de infinita nada porque mi pajarita ya no está conmigo.
Sin embargo, una idea divaga en el desierto de mi cabeza. Puede que la pajarita simplemente decidiese marcharse. Fui demasiado consciente del momento de su desaparición y demasiado incapaz de evitarla.
Demasiadas cosas deciden huir de mí ultimamente. Yo me rehuyo. Demasiadas cosas mal hechas en los últimos días.
Sin embargo, sé como curarme.
Todos los problemas del mundo tienen solución en el mundo.
Los míos se curan con olor a sal, con solitud, con el rumor del Mar. Con su abrazo eterno.
De pequeña hablaba con el Mar. Reencontrarme con él era como reencontrarme con un amigo de una vida pasada. Un amigo bueno, un amigo que me cuidaba. Le contaba mis secretos, le hablaba del tiempo que habíamos pasado separados. Aún hoy sigo haciéndolo.
El Mar está lleno de toda esa paz que a mí me falta. Esa quietud de un espíritu mucho más longevo, mucho más sabio, mucho más capacitado para amar. Él me cura. El murmullo de las olas parece decirme que merezco y debo ser mejor. Cuando lo escucho, sé que tiene razón. El problema es que demasiado a menudo olvido el sonido de su voz.
Por eso debo volver.
"La soledad no es estar solo, es estar vacío".
Y yo necesito llenarme.
viernes, 8 de agosto de 2014
Ladrón.
La idea de la muerte amanece demasiado grande en mi cabeza. Qué terrible sería si me libraran de la posibilidad de morir, de no existir, de cerrar los ojos y hacer desaparecer ese 'Yo' molesto que anda rondando este saco de huesos.
La Muerte me dota de sentido. Ella cerca los caminos, apresura mi paso para caminar más rápido hacia mi destino. Destino inalcanzable, sin embargo.
Quizá camino únicamente por eso: porque sé que nunca voy a izar la bandera en la tierra que quiero conquistar.
Vivimos demasiado. El tiempo roba el valor de mis sensaciones.
Él es el culpable de surcar de arrugas el rostro de mi sensibilidad.
La Muerte me dota de sentido. Ella cerca los caminos, apresura mi paso para caminar más rápido hacia mi destino. Destino inalcanzable, sin embargo.
Quizá camino únicamente por eso: porque sé que nunca voy a izar la bandera en la tierra que quiero conquistar.
Vivimos demasiado. El tiempo roba el valor de mis sensaciones.
Él es el culpable de surcar de arrugas el rostro de mi sensibilidad.
domingo, 3 de agosto de 2014
Remanso de paz.
Hoy el Sol ha despertado de su sueño a mi pequeño jardín. La soledad ha tallado muchas cosas en él desde la última visita. Las flores se han desperezado lentamente, el verde brillante de la hierba ha sacudido el polvo de su traje de vida.
El aire, dormido durante tanto tiempo, ha vuelto a respirar con fuerza.
Y ese pequeño rayito de Sol que ha huído del exterior a través de una puerta entreabierta solo trataba de anunciar al desconocido que llegó allí por casualidad. O causalidad, qué más da.
Un desconocido de pasos elegantes y mirada profunda.
Una silueta que esconde un remanso de paz.
Se ha acercado lentamente, como aquel que no quiere quebrar nada, ni siquiera el silencio. Entonces se ha inclinado ante una flor, inspirando con todo el cuerpo su perfume.
Y entonces, sólo entonces, ha sonreído, con las comisuras de los labios hacia abajo.
Ha escuchado.
El jardín entero clamaba al silencio Bienvenido.
El aire, dormido durante tanto tiempo, ha vuelto a respirar con fuerza.
Y ese pequeño rayito de Sol que ha huído del exterior a través de una puerta entreabierta solo trataba de anunciar al desconocido que llegó allí por casualidad. O causalidad, qué más da.
Un desconocido de pasos elegantes y mirada profunda.
Una silueta que esconde un remanso de paz.
Se ha acercado lentamente, como aquel que no quiere quebrar nada, ni siquiera el silencio. Entonces se ha inclinado ante una flor, inspirando con todo el cuerpo su perfume.
Y entonces, sólo entonces, ha sonreído, con las comisuras de los labios hacia abajo.
Ha escuchado.
El jardín entero clamaba al silencio Bienvenido.
domingo, 1 de septiembre de 2013
jueves, 29 de agosto de 2013
Winter.
Quiero que llegue el invierno.
El frío, la soledad sana, los calcetines gorditos, la bufanda rosa.
Los abrazos que descongelan el cuerpo y el corazón.
La lluvia. La lluvia a todas horas. Lluvia fría, que se cuela entre las rendijas.
Un Madrid dormido en el invierno. ¿Hay algo más hermoso?
Esa melancolía sana que nos regala el frío.
Fin del delirio.
El frío, la soledad sana, los calcetines gorditos, la bufanda rosa.
Los abrazos que descongelan el cuerpo y el corazón.
La lluvia. La lluvia a todas horas. Lluvia fría, que se cuela entre las rendijas.
Un Madrid dormido en el invierno. ¿Hay algo más hermoso?
Esa melancolía sana que nos regala el frío.
Fin del delirio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)