El tacto de las sábanas es agradable a mis piernas desnudas. Un rayo de Sol atraviesa, tozudo, las cortinas. Un olor que no es el mío, pero que quizá conozca mejor, me rodea.
No es tiempo para estar tumbada. Esto también lo escucho a menudo de unos labios que no son míos, pero que conozco mejor. Desde la distancia el mar de arrugas blancas de la cama resulta mucho más inmenso a mis ojos de lo que podría ser a los ojos de cualquier otro, conocidos o no.
No sé por qué estoy escribiendo. Me agobia que nunca pueda explicar la magnitud de la tragedia de lo que me ocurre en el pecho. Siempre en el pecho. Mis tragedias ocurren ahí. Mi cabeza, sin embargo, está deshabitada. Pocas veces me paseo por ese lugar inhóspito. Quizá en este hecho radican justamente mis tragedias.
Creo que me estoy explicando con poca claridad y demasiados errores. Yo soy mi Tragedia. Y yo me siento y me vivo desde mi cavidad torácica. Ni siquiera sé si todas estas palabras son verdad. Sólo sé que una vez más resulta angustioso no poder discernir lo cierto de lo que no lo es. Sólo sé que no pasan por el lugar inhóspito, sólo por la capacidad torácica, y después nacen de mis dedos y del teclado de ordenador. Había escrito "de mi caligrafía apretada", pero esto, evidentemente, no es cierto. No escribo a mano, aunque resultaría mucho más placentero a posteriori hacerlo, y para precisar aún más, mi caligrafía no es apretada. Separo mucho unas palabras de otras al escribir.
¿Acaso alguien puede llegar a entender la importancia de esto que acaba de pasar?
Soy incapaz de renunciar a la mentira de forma consciente. Mi naturaleza pasa por mentir de una manera particular: por mentirme. Constantemente, inconscientemente.
Me he sentado delante del ordenador porque me he tumbado en ese océano blanco porque me he puesto a pintar porque no sabía cómo demonios satisfacer la sensación de mi pecho. Creo que por fin he acertado. Quizá cualquier otra persona con un mínimo de cosas claras en el espacio inhóspito habría sabido dilucidar a la primera qué estaba buscando desde el principio. Yo no. Yo sólo sé que busco. Y lo sé de una manera tan determinante, tan definitiva, tan atroz, que no puedo dejar de buscar.
El problema es que busco desde el tórax, no desde el espacio inhóspito. El resultado acaba de ser mostrado: encuentro con mucha más dificultad, perdiendo mucho más tiempo, siempre y cuando se dé el maravilloso caso de que encuentre.
He comenzado a escribir, y ahora todo es distinto. Mi lugar inhóspito sabe por qué estoy escribiendo. Sólo quiero encontrar el principio. Mi principio. Y todo porque he leído que esa fue la salvación de cierto escritor noruego. Yo también quiero salvarme, comprensible, ¿cierto?
Además, yo también quiero salvarme de la vida, como él. La muerte, hoy por hoy, me da igual, puede que porque no pienso demasiado en ella. Sin embargo, con la vida me encuentro todos los días.
He leído que este cierto escritor escribió para escapar del suicidio. No sé si he leído o he pensado que todo el mundo interpretaría pues que Knausgard escribe para salvarse de la muerte.
Mentira.
Knausgard escribe para salvarse de la vida.
¿Qué narices sé yo de lo que quiere salvarse Knausgard?
Sólo sé que tenemos un alma muy parecida, aún sin saber si el alma existe.
Acabo de sonreírme porque he encontrado un libro de Hannah Arendt sobre el escritorio de mi hermano. Todo se pega, pero eso es algo que escribiré y describiré otro día, cuando escriba sobre mi principio, no cuando lo encuentre.
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