domingo, 21 de septiembre de 2014

2.

¿Acaso alguien puede negar el placer de las gotas de lluvia golpeando un rostro?
Conozco a cierto conocido que asegura que los sucesos importantes tienen lugar de noche. Yo agrego que la lluvia los devuelve a la consciencia. Hace caer de la noche los recuerdos de aquellos sucesos más importantes.
Las lágrimas humanas desempeñan un papel similar. Hacen caer de la mente al rostro, más allá de la barbilla, quizá buscando el corazón, los sucesos que le acontecen a uno mismo, más dentro que fuera.
Quizá de ahí la dificultad por mantener la entereza cuando la lluvia decide visitar la tierra. A mí la tristeza tranquila que la acompaña me salva de la vida. Del calor, de la actividad, de la inercia.
Pero no de mí. De mí no hay quien me salve.
Es por eso lo agradable y lo importante de las visitas a mi pozo oscuro, a mi prisión, a las galerías que conectan mi lugar inhóspito con el centro de mi tórax. Esas visitas a la luz de una farola ajena, envueltas en mantas con un olor desconocido, llenas de familiaridad. Esas visitas que sólo buscan abrazar, porque parece que ya está todo dicho. Esas visitas que necesitan decir: "Eres estar en casa".

Adentrarse en el camino inescrutable que comienza en la mirada, y se pierede en el abismo de la bóveda celeste que cada uno tenemos en el pecho. Y una vez allí, esculpir el propio sepulcro.
Para mí, es la única salvación.

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