El dolor de ser aquello que somos.
Ya que la única interpretación certera de la metáfora de la vida es morirse, quizá debamos apresurar los acontecimientos de una especie que sólo ha sido plaga.
Si el Arte no es más que Belleza, lograríamos la Gran Obra si consiguiésemos desvanecernos poco a poco, disolviendo nuestro ser en esa tristeza tan bella que es la melancolía. Levantarse un día con la sombra un poco más tenue, como ocurrió con aquel Nakata de Kafka en la orilla, y saber que ha llegado el momento de dejarse ir. Coger un autobús que lleve a ese hogar que nunca se pensó con tal nombre, saberse abrazada por esa oscuridad y el murmullo del motor, alentada por las gotas que descifran los cristales, para volverte más y más etérea; sentir como la carne pierde consistencia, sabiendo que de un pequeño salto podrías volar a la estratosfera.
Y, mientras Beethoven susurra en tu oreja que en realidad la eternidad es un castigo del que hay que huir, llegar a tu destino, levantarte consciente y despierta por primera vez dispuesta a dormir para siempre y descender. Pisar el suelo con ambos pies, sentir el grito de la Tierra bajo el peso de ese egocentrismo soportado por dos piernas. Y saber que está lloviendo porque algo allá arriba que no es más que lo que tú encierras en tu pecho llora por la tragedia que nunca debió escribirse sobre el suelo de ningún planeta.
Entonces ver que esas otras gotas que no dejaron de ser las mismas recorren la geografía de tus mentiras, de tu rutina inventada con el afán de millones de vidas, y sentir que por primera vez limpian. Que barren y se llevan los restos de una consistencia que no quiere saberse nunca más sólida. Notar como aquel egocentrismo sobre aquellas dos piernas respira con el último aliento de aquello que nunca debió llamarse vida.
Para, finalmente, en un instante que sepa ser una eternidad finita, marcharte.
Inmersa en esa completa soledad, pero tranquila.
¿La verdadera tragedia?
Que esto siempre será mentira.