Uno sabe o cree que sabe.
El otro día encontré una manera de morir. Una forma bella, y terriblemente egoísta. Pero verdadera. Muy verdadera. Podría morir tranquila, con esa tristeza en calma, que puede que no sea más que otra forma de ser feliz. Que puede que no sea más que mi forma de ser feliz.
Sería tan sencillo como marcharme, abandonar este cuerpo que habito y esta vida que vivo, bajo el peso de esa mirada. Bajo ese brillo en lo negro de las pupilas, aquello que está más cerca del alma que del párpado.
Y podría partir, sin más.
La sensación de verdad que me invade es más grande de lo que cabe en una palabra. Y esto es tan valioso que no quiero que el tiempo lo arañe, porque aquí no cabe una mentira. No sé si lo que ahora mismo acontece es principio, es fin, o no entiende de tiempos ni vidas. No sé con certeza si es egoísmo, o se trata de todo aquello que no soy yo.
Acaba de llegar a mi cabeza. De golpe, como un rayo. Ha viajado en un recuerdo para encontrarse conmigo y mis palabras. Sencillamente, se trata de mi egocentrismo en su figura.
Una mano me abrió la puerta, otra distinta me acompañó al interior.
Y permanece. Es mi ego en su figura.
El ego que quiere encontrar dónde comienza para aprender la mejor manera de acabar.
El comienzo del camino hacia mi principio tuvo lugar en un sueño. Un sueño de invierno, de enero, un sueño que sonaba a Brahms y se palpaba con abrazos prietos. Un sueño que invitaba a huir sólo por el placer de poder regresar un poco mejor. El primer extraño en un jardín abandonado, un extraño que se paseaba etéreo, acariciando las flores perdidas desde la puerta de la inmensidad de aquel abandono. Un extraño que se sentó en un rincón de aquel jardín, y ahora ya no quiere partir.
El jardín tampoco quiere que se marche, aunque quizá haya aprendido a estar sin él.
Mi jardín, mi catedral, mi sepulcro, cambió. Quiso ser hermoso, porque había unos ojos contemplando. Pero el tiempo siempre hace su trabajo, y convirtió esos ojos en parte de mi jardín. Los ojos son hoy tan jardín como las briznas de hierba. Yo ya soy para siempre él, sólo porque lo fui un instante. Y entonces aquel extraño dejó de serlo.
Y entonces, la extraña fui yo.
Comencé a vislumbrar aquel camino angosto, oscuro, terrible. Aquel secreto extraño que yo era para mí misma. Mi mentira.