lunes, 8 de diciembre de 2014

5.

'Sentir todo de todas las maneras'
Espero que Pessoa permita que le robe este verso una vez más.
Los viajes de vuelta siempre saben a reconciliación con el mundo, la noche siempre sabe a paz y tristeza. La belleza es salvación y es cura.
La belleza es augurio. Un buen augurio.
Uno subordinable, que depende de cuán bello sea el abrir de ojos cada día. El tomar aire cada instante.
Es entonces cuando el tiempo se convierte en caricia en vez de látigo.
Y está bien que pase, y está bien sentirlo. Y es mejor compartirlo.
Una noche de dar gracias, sin que importe si hay alguien escondido en las estrellas dispuesto a recibirlas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

4.

El dolor de ser aquello que somos.
Ya que la única interpretación certera de la metáfora de la vida es morirse, quizá debamos apresurar los acontecimientos de una especie que sólo ha sido plaga.
Si el Arte no es más que Belleza, lograríamos la Gran Obra si consiguiésemos desvanecernos poco a poco, disolviendo nuestro ser en esa tristeza tan bella que es la melancolía. Levantarse un día con la sombra un poco más tenue, como ocurrió con aquel Nakata de Kafka en la orilla, y saber que ha llegado el momento de dejarse ir. Coger un autobús que lleve a ese hogar que nunca se pensó con tal nombre, saberse abrazada por esa oscuridad y el murmullo del motor, alentada por las gotas que descifran los cristales, para volverte más y más etérea; sentir como la carne pierde consistencia, sabiendo que de un pequeño salto podrías volar a la estratosfera.

Y, mientras Beethoven susurra en tu oreja que en realidad la eternidad es un castigo del que hay que huir, llegar a tu destino, levantarte consciente y despierta por primera vez dispuesta a dormir para siempre y descender. Pisar el suelo con ambos pies, sentir el grito de la Tierra bajo el peso de ese egocentrismo soportado por dos piernas. Y saber que está lloviendo porque algo allá arriba que no es más que lo que tú encierras en tu pecho llora por la tragedia que nunca debió escribirse sobre el suelo de ningún planeta.

Entonces ver que esas otras gotas que no dejaron de ser las mismas recorren la geografía de tus mentiras, de tu rutina inventada con el afán de millones de vidas, y sentir que por primera vez limpian. Que barren  y se llevan los restos de una consistencia que no quiere saberse nunca más sólida. Notar como aquel egocentrismo sobre aquellas dos piernas respira con el último aliento de aquello que nunca debió llamarse vida.


Para, finalmente, en un instante que sepa ser una eternidad finita, marcharte.
Inmersa en esa completa soledad, pero tranquila.



¿La verdadera tragedia?
Que esto siempre será mentira.


sábado, 11 de octubre de 2014

3.

Uno sabe o cree que sabe.

El otro día encontré una manera de morir. Una forma bella, y terriblemente egoísta. Pero verdadera. Muy verdadera. Podría morir tranquila, con esa tristeza en calma, que puede que no sea más que otra forma de ser feliz. Que puede que no sea más que mi forma de ser feliz.
Sería tan sencillo como marcharme, abandonar este cuerpo que habito y esta vida que vivo, bajo el peso de esa mirada. Bajo ese brillo en lo negro de las pupilas, aquello que está más cerca del alma que del párpado.

Y podría partir, sin más.

La sensación de verdad que me invade es más grande de lo que cabe en una palabra. Y esto es tan valioso que no quiero que el tiempo lo arañe, porque aquí no cabe una mentira. No sé si lo que ahora mismo acontece es principio, es fin, o no entiende de tiempos ni vidas. No sé con certeza si es egoísmo, o se trata de todo aquello que no soy yo.

Acaba de llegar a mi cabeza. De golpe, como un rayo. Ha viajado en un recuerdo para encontrarse conmigo y mis palabras. Sencillamente, se trata de mi egocentrismo en su figura.
Una mano me abrió la puerta, otra distinta me acompañó al interior.
Y permanece. Es mi ego en su figura.

El ego que quiere encontrar dónde comienza para aprender la mejor manera de acabar.
El comienzo del camino hacia mi principio tuvo lugar en un sueño. Un sueño de invierno, de enero, un sueño que sonaba a Brahms y se palpaba con abrazos prietos. Un sueño que invitaba a huir sólo por el placer de poder regresar un poco mejor. El primer extraño en un jardín abandonado, un extraño que se  paseaba etéreo, acariciando las flores perdidas desde la puerta de la inmensidad de aquel abandono. Un extraño que se sentó en un rincón de aquel jardín, y ahora ya no quiere partir.
El jardín tampoco quiere que se marche, aunque quizá haya aprendido a estar sin él.

Mi jardín, mi catedral, mi sepulcro, cambió. Quiso ser hermoso, porque había unos ojos contemplando. Pero el tiempo siempre hace su trabajo, y convirtió esos ojos en parte de mi jardín. Los ojos son hoy tan jardín como las briznas de hierba. Yo ya soy para siempre él, sólo porque lo fui un instante. Y entonces aquel extraño dejó de serlo.


Y entonces, la extraña fui yo.
Comencé a vislumbrar aquel camino angosto, oscuro, terrible. Aquel secreto extraño que yo era para mí misma. Mi mentira.



domingo, 21 de septiembre de 2014

2.

¿Acaso alguien puede negar el placer de las gotas de lluvia golpeando un rostro?
Conozco a cierto conocido que asegura que los sucesos importantes tienen lugar de noche. Yo agrego que la lluvia los devuelve a la consciencia. Hace caer de la noche los recuerdos de aquellos sucesos más importantes.
Las lágrimas humanas desempeñan un papel similar. Hacen caer de la mente al rostro, más allá de la barbilla, quizá buscando el corazón, los sucesos que le acontecen a uno mismo, más dentro que fuera.
Quizá de ahí la dificultad por mantener la entereza cuando la lluvia decide visitar la tierra. A mí la tristeza tranquila que la acompaña me salva de la vida. Del calor, de la actividad, de la inercia.
Pero no de mí. De mí no hay quien me salve.
Es por eso lo agradable y lo importante de las visitas a mi pozo oscuro, a mi prisión, a las galerías que conectan mi lugar inhóspito con el centro de mi tórax. Esas visitas a la luz de una farola ajena, envueltas en mantas con un olor desconocido, llenas de familiaridad. Esas visitas que sólo buscan abrazar, porque parece que ya está todo dicho. Esas visitas que necesitan decir: "Eres estar en casa".

Adentrarse en el camino inescrutable que comienza en la mirada, y se pierede en el abismo de la bóveda celeste que cada uno tenemos en el pecho. Y una vez allí, esculpir el propio sepulcro.
Para mí, es la única salvación.

martes, 9 de septiembre de 2014

1.

El tacto de las sábanas es agradable a mis piernas desnudas. Un rayo de Sol atraviesa, tozudo, las cortinas. Un olor que no es el mío, pero que quizá conozca mejor, me rodea.
No es tiempo para estar tumbada. Esto también lo escucho a menudo de unos labios que no son míos, pero que conozco mejor. Desde la distancia el mar de arrugas blancas de la cama resulta mucho más inmenso a mis ojos de lo que podría ser a los ojos de cualquier otro, conocidos o no.

No sé por qué estoy escribiendo. Me agobia que nunca pueda explicar la magnitud de la tragedia de lo que me ocurre en el pecho. Siempre en el pecho. Mis tragedias ocurren ahí. Mi cabeza, sin embargo, está deshabitada. Pocas veces me paseo por ese lugar inhóspito. Quizá en este hecho radican justamente mis tragedias.

Creo que me estoy explicando con poca claridad y demasiados errores. Yo soy mi Tragedia. Y yo me siento y me vivo desde mi cavidad torácica. Ni siquiera sé si todas estas palabras son verdad. Sólo sé que una vez más resulta angustioso no poder discernir lo cierto de lo que no lo es. Sólo sé que no pasan por el lugar inhóspito, sólo por la capacidad torácica, y después nacen de mis dedos y del teclado de ordenador. Había escrito "de mi caligrafía apretada", pero esto, evidentemente, no es cierto. No escribo a mano, aunque resultaría mucho más placentero a posteriori hacerlo, y para precisar aún más, mi caligrafía no es apretada. Separo mucho unas palabras de otras al escribir.
¿Acaso alguien puede llegar a entender la importancia de esto que acaba de pasar?
Soy incapaz de renunciar a la mentira de forma consciente. Mi naturaleza pasa por mentir de una manera particular: por mentirme. Constantemente, inconscientemente.

Me he sentado delante del ordenador porque me he tumbado en ese océano blanco porque me he puesto a pintar porque no sabía cómo demonios satisfacer la sensación de mi pecho. Creo que por fin he acertado. Quizá cualquier otra persona con un mínimo de cosas claras en el espacio inhóspito habría sabido dilucidar a la primera qué estaba buscando desde el principio. Yo no. Yo sólo sé que busco. Y lo sé de una manera tan determinante, tan definitiva, tan atroz, que no puedo dejar de buscar.
El problema es que busco desde el tórax, no desde el espacio inhóspito. El resultado acaba de ser mostrado: encuentro con mucha más dificultad, perdiendo mucho más tiempo, siempre y cuando se dé el maravilloso caso de que encuentre.

He comenzado a escribir, y ahora todo es distinto. Mi lugar inhóspito sabe por qué estoy escribiendo. Sólo quiero encontrar el principio. Mi principio. Y todo porque he leído que esa fue la salvación de cierto escritor noruego. Yo también quiero salvarme, comprensible, ¿cierto?
Además, yo también quiero salvarme de la vida, como él. La muerte, hoy por hoy, me da igual, puede que porque no pienso demasiado en ella. Sin embargo, con la vida me encuentro todos los días.
He leído que este cierto escritor escribió para escapar del suicidio. No sé si he leído o he pensado que todo el mundo interpretaría pues que Knausgard escribe para salvarse de la muerte.
Mentira.
Knausgard escribe para salvarse de la vida.
¿Qué narices sé yo de lo que quiere salvarse Knausgard?
Sólo sé que tenemos un alma muy parecida, aún sin saber si el alma existe.

Acabo de sonreírme porque he encontrado un libro de Hannah Arendt sobre el escritorio de mi hermano. Todo se pega, pero eso es algo que escribiré y describiré otro día, cuando escriba sobre mi principio, no cuando lo encuentre.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Mon vide.

Hace algunos días perdí mi pajarita de papel. Era apenas del tamaño de una cereza, de un blanco algo estropeado, cercano a lo sucio. Sin embargo, esto no socavaba ninguno de sus encantos: ese color desvaído era resultado de todas las historias que había soportado sobre su lomo delgado, de celulosa tratada.
Así es, era un marcapáginas.
Los dobleces de su cuerpo fueron tallados con un amor tímido, de esos que no están seguros de sí mismos pero que son tan fuertes y violentos que necesitan dar forma a cualquier cosa, incluso a un trocito de papel.

Ese trocito de papel significaba muchas cosas. Fui perfectamente consciente de que lo estaba perdiendo, pero no pude reaccionar, mis sentidos quedaron ofuscados, anonadados ante semejante tragedia.

Había perdido mi pajarita de papel.

Sufro su pérdida mucho más que cualquiera de las pérdidas o las hipotéticas pérdidas que pueda haber sufrido o vaya a sufrir. Un inmenso agujero agujero ha tomado posesión de mi pecho. Tengo el tórax atravesado por un túnel de infinita nada porque mi pajarita ya no está conmigo.

Sin embargo, una idea divaga en el desierto de mi cabeza. Puede que la pajarita simplemente decidiese marcharse. Fui demasiado consciente del momento de su desaparición y demasiado incapaz de evitarla.

Demasiadas cosas deciden huir de mí ultimamente. Yo me rehuyo. Demasiadas cosas mal hechas en los últimos días.
Sin embargo, sé como curarme.
Todos los problemas del mundo tienen solución en el mundo.
Los míos se curan con olor a sal, con solitud, con el rumor del Mar. Con su abrazo eterno.
De pequeña hablaba con el Mar. Reencontrarme con él era como reencontrarme con un amigo de una vida pasada. Un amigo bueno, un amigo que me cuidaba. Le contaba mis secretos, le hablaba del tiempo que habíamos pasado separados. Aún hoy sigo haciéndolo.
El Mar está lleno de toda esa paz que a mí me falta. Esa quietud de un espíritu mucho más longevo, mucho más sabio, mucho más capacitado para amar. Él me cura. El murmullo de las olas parece decirme que merezco y debo ser mejor. Cuando lo escucho, sé que tiene razón. El problema es que demasiado a menudo olvido el sonido de su voz.
Por eso debo volver.
"La soledad no es estar solo, es estar vacío".


Y yo necesito llenarme.

viernes, 8 de agosto de 2014

Ladrón.

La idea de la muerte amanece demasiado grande en mi cabeza. Qué terrible sería si me libraran de la posibilidad de morir, de no existir, de cerrar los ojos y hacer desaparecer ese 'Yo' molesto que anda rondando este saco de huesos.
La Muerte me dota de sentido. Ella cerca los caminos, apresura mi paso para caminar más rápido hacia mi destino. Destino inalcanzable, sin embargo.
Quizá camino únicamente por eso: porque sé que nunca voy a izar la bandera en la tierra que quiero conquistar.
Vivimos demasiado. El tiempo roba el valor de mis sensaciones.


Él es el culpable de surcar de arrugas el rostro de mi sensibilidad.